viernes, 25 de septiembre de 2026

FELICES FIESTAS DEL CRISTO (Villarrín de Campos, 2026)

 

ANTE EL CRISTO DE LOS AFLIGIDOS DE VILLARRÍN DE CAMPOS EN EL DÍA DE SU FESTIVIDAD

Francisco Trancón Pérez

Hay momentos en la vida de los pueblos en los que el tiempo parece detenerse, en los que el presente se encuentra con la memoria y las generaciones de ayer y de hoy, así sucede en Villarrín de Campos cuando se aproximan sus fiestas en honor al Santísimo Cristo de los Afligidos, que se celebran a partir del último domingo de setiembre.

Es entonces cuando el pueblo adquiere una dimensión especial. Las campanas convocan; las calles se preparan; regresan quienes viven lejos y se acercan quienes, movidos por la devoción, recorren caminos para encontrarse una vez más ante la venerada imagen.

En el día grande, vecinos y peregrinos se reúnen para participar en la Santa Misa y acompañar al Cristo con emoción, mientras las voces entonan antiguos y hermosos cánticos que parecen guardar, entre sus notas, la memoria de tantas generaciones, en esos instantes surge un fervor difícil de explicar con palabras. Quizá porque cada persona lleva consigo su propia historia.

Ante el Cristo, unos llegan con una petición; otros, con un agradecimiento. Algunos buscan consuelo en momentos de dificultad; otros recuerdan a quienes compartieron esta experiencia y ya no pueden acompañarlos. Y todos, de una manera u otra, encuentran un instante para elevar la mirada y confiar sus sentimientos que esperan sean atendidos.

Después, en la intimidad de su capilla, la exaltación de la santa imagen adquiere una especial intensidad. Las voces, los silencios, las oraciones y las miradas se convierten en una sola expresión de fe. No hace falta decir mucho.

Hay sentimientos que solamente pueden expresarse permaneciendo en silencio ante aquello que se ama y se venera.

El Cristo de los Afligidos forma parte del alma de Villarrín. Su mirada ha acompañado a lo largo del tiempo las alegrías y nostalgias del pueblo: las despedidas y los reencuentros, los días de esperanza y las horas de incertidumbre.

Y así, año tras año, la tradición continúa, no como una costumbre vacía, sino como un rito necesario, que se trasmite de padres a hijos, confiando a cada nueva generación una manera de permanecer.

Quizá ahí reside la verdadera fuerza de una tradición: en que no pertenece únicamente al pasado. Vive mientras haya alguien dispuesto a conservarla, a celebrarla y potenciar su legado.

Por eso, Villarrín, no solamente celebra una fiesta, sino, además, su identidad, sus raíces, y la continuidad de una fe que ha atravesado el tiempo.

Cuando los cánticos se elevan en la capilla y las últimas miradas se detienen ante la santa efigie, parece escucharse, más allá de las palabras, una antigua promesa colectiva: seguir manteniendo encendida la llama de aquello que recibieron de quienes les precedieron.

Finalizadas las fiestas, cuando Villarrín recobre el sosiego, sus habitantes comentarán con emoción en sus cotidianos encuentros el haber estado, una vez más, ante su Cristo eterno: aquel que el tiempo no borra, que la distancia no aleja y que todo el pueblo lleva —y seguirá llevando— en lo más profundo de su intimidad.

¡FELICES FIESTAS, VILLARRÍN!






 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario