ANTE EL
CRISTO DE LOS AFLIGIDOS DE VILLARRÍN DE CAMPOS EN EL DÍA DE SU FESTIVIDAD
Francisco Trancón
Pérez
Hay momentos en la vida de los
pueblos en los que el tiempo parece detenerse, en los que el presente se
encuentra con la memoria y las generaciones de ayer y de hoy, así sucede en Villarrín
de Campos cuando se aproximan sus fiestas en honor al Santísimo Cristo
de los Afligidos, que se celebran a partir del último domingo de
setiembre.
Es entonces cuando el pueblo
adquiere una dimensión especial. Las campanas convocan; las calles se preparan;
regresan quienes viven lejos y se acercan quienes, movidos por la devoción,
recorren caminos para encontrarse una vez más ante la venerada imagen.
En el día grande, vecinos y
peregrinos se reúnen para participar en la Santa Misa y acompañar al Cristo con
emoción, mientras las voces entonan antiguos y hermosos cánticos que parecen
guardar, entre sus notas, la memoria de tantas generaciones, en esos instantes
surge un fervor difícil de explicar con palabras. Quizá porque cada persona
lleva consigo su propia historia.
Ante el Cristo, unos llegan con
una petición; otros, con un agradecimiento. Algunos buscan consuelo en momentos
de dificultad; otros recuerdan a quienes compartieron esta experiencia y ya no
pueden acompañarlos. Y todos, de una manera u otra, encuentran un instante para
elevar la mirada y confiar sus sentimientos que esperan sean atendidos.
Después, en la intimidad de su
capilla, la exaltación de la santa imagen adquiere una especial intensidad. Las
voces, los silencios, las oraciones y las miradas se convierten en una sola
expresión de fe. No hace falta decir mucho.
Hay sentimientos que solamente
pueden expresarse permaneciendo en silencio ante aquello que se ama y se
venera.
El Cristo de los Afligidos forma
parte del alma de Villarrín. Su mirada ha acompañado a lo largo del tiempo las
alegrías y nostalgias del pueblo: las despedidas y los reencuentros, los días
de esperanza y las horas de incertidumbre.
Y así, año tras año, la tradición
continúa, no como una costumbre vacía, sino como un rito necesario, que se
trasmite de padres a hijos, confiando a cada nueva generación una manera de
permanecer.
Quizá ahí reside la verdadera
fuerza de una tradición: en que no pertenece únicamente al pasado. Vive
mientras haya alguien dispuesto a conservarla, a celebrarla y potenciar su
legado.
Por eso, Villarrín, no solamente
celebra una fiesta, sino, además, su identidad, sus raíces, y la continuidad de
una fe que ha atravesado el tiempo.
Cuando los cánticos se elevan en
la capilla y las últimas miradas se detienen ante la santa efigie, parece
escucharse, más allá de las palabras, una antigua promesa colectiva: seguir
manteniendo encendida la llama de aquello que recibieron de quienes les
precedieron.
Finalizadas las fiestas, cuando
Villarrín recobre el sosiego, sus habitantes comentarán con emoción en sus
cotidianos encuentros el haber estado, una vez más, ante su Cristo eterno:
aquel que el tiempo no borra, que la distancia no aleja y que todo el pueblo
lleva —y seguirá llevando— en lo más profundo de su intimidad.
¡FELICES FIESTAS, VILLARRÍN!


No hay comentarios:
Publicar un comentario