miércoles, 22 de abril de 2026

ZAMORA EN LA CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA COMUNIDAD DE CASTILLA Y LEÓN 2026

 

ZAMORA EN LA CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA COMUNIDAD

Francisco Trancón Pérez

La celebración del Día de Castilla y León, que conmemora el levantamiento de los comuneros en la Batalla de Villalar, es también una ocasión para que los zamoranos reflexionemos sobre el presente y futuro de nuestra provincia.

            Más allá del recuerdo histórico, este día invita a pensar en la actual situación económica, social y humana de Zamora.

            Hay que trascender la visión oceánica o superficial de lo que ocurre en esta región y activar un proceso reflexivo de posibles vías de tentativas de solución de algunos problemas, alejándose de posturas arbitrarias.

Zamora posee un patrimonio histórico y cultural extraordinario: iglesias románicas, tradiciones populares, celebraciones religiosas y una fuerte identidad rural. Recordar este legado significa comprender que la cultura no es solo memoria, sino también recurso económico y social. El turismo cultural, la valorización de las tradiciones y la protección del patrimonio pueden generar actividad económica y reforzar el orgullo colectivo, reafirmando la identidad histórica y cultural de nuestro pueblo.

Gran parte del territorio zamorano forma parte de lo que se denomina “España vaciada”, que no es solo un fenómeno demográfico; es, sobre todo, una herida simbólica. En ella se cruzan el olvido, la pérdida de identidad y la ruptura de vínculos que durante siglos dieron sentido a la vida comunitaria. Sin embargo, en esa misma realidad también habita una posibilidad: la de redescubrir qué significa ser humano en un mundo heterogéneo y muchas veces desarraigado.

En este horizonte, Zamora puede dejar de ser un símbolo de pérdida para convertirse en un espacio de resistencia y de esperanza. Tal vez, al volver la mirada hacia estos territorios, el hombre contemporáneo descubra algo esencial: que su verdadera singularidad no reside en la acumulación ni en la prisa, sino en su capacidad de arraigo, de relación y de sentido.

Debemos mirar a nuestra tierra, en la que existen algunos entornos apenas habitados, no como un espacio vacío, sino como un lugar cargado de memoria. Cada pueblo, cada casa abandonada, cada camino rural guarda historias, oficios y formas de vida que constituyen una riqueza cultural irrepetible. El hombre actual necesita reconciliarse con esa memoria, no desde la nostalgia estéril, sino desde la conciencia de que su identidad también se construye sobre lo heredado.

El medio rural no debe verse únicamente como un entorno en decadencia, sino como un territorio con oportunidades: agricultura de calidad, producción agroalimentaria, energías renovables, turismo natural y formas de vida más sostenibles. Recordar esto implica impulsar políticas que hagan posible vivir y trabajar dignamente en los pueblos.

Rescatar la singularidad humana ,en este contexto, nos invita a pensar que no somos un simple producto de la evolución, sino un ser abierto, libre y espiritual, capaz de reflexionar sobre su entorno y tomar soluciones apropiadas. Un ejercicio fundamental, se basa en la relación con los otros.

En muchos pueblos, la vida cotidiana estaba marcada por la cooperación, la ayuda mutua y el sentido de pertenencia. Recuperar estos valores —adaptándolos a las condiciones actuales— puede ser clave para revitalizar estas zonas. Iniciativas culturales, asociaciones vecinales, proyectos compartidos… todo ello contribuye a devolver el alma a los lugares.

Es necesario redefinir el concepto de progreso. Durante décadas, se ha identificado el desarrollo con la concentración urbana, la industrialización masiva y la velocidad. Hoy sabemos que ese modelo genera desigualdades y deshumanización. Frente a ello, los entornos rurales pueden ofrecer alternativas más sostenibles: ritmos de vida más humanos, relaciones más cercanas, una conexión directa con la naturaleza. Confiar en estos valores no es retroceder, sino avanzar hacia una forma de vida más equilibrada.

No menos importante es integrar la innovación sin perder la esencia. La tecnología, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una aliada: el teletrabajo, la digitalización de servicios, el acceso a la educación y la cultura en línea abren nuevas posibilidades para habitar el mundo rural. Pero esta integración debe hacerse desde el respeto a la identidad local, evitando la uniformización que diluye lo propio.

            Tradición y modernidad no son conceptos excluyentes, es un binomio que invita a considerar que la innovación no debe de ser causa para perder las raíces.

El futuro económico de Zamora necesita combinar ambos aspectos. La digitalización del medio rural, el apoyo a emprendedores, la transformación de productos agrícolas y la economía ligada al conocimiento pueden abrir nuevas oportunidades. No se trata de abandonar lo propio, sino de modernizarlo.

Uno de los mayores problemas de Zamora ha sido la marcha constante de jóvenes y titulados hacia otras ciudades. Sin oportunidades laborales, vivienda asequible y servicios modernos, los pueblos siguen perdiendo población. Zamora necesita crear empleo cualificado, apoyar el emprendimiento rural y aprovechar el teletrabajo y la digitalización para que vivir en un pueblo no signifique quedarse aislado. Castilla y León está considerada una región en riesgo de “trampa de talento”, porque pierde población joven y formada

Expongo otros puntos activos reflexión. Aprovechar mejor sus riquezas propias.
Zamora posee enormes recursos que a veces no valora suficientemente: agricultura, ganadería, vino, queso, patrimonio histórico, paisaje, tradición y turismo rural.

            Defender mejores comunicaciones. Durante décadas, muchas comarcas zamoranas han sufrido la sensación de quedar apartadas. Sin buenas carreteras, trenes, internet o transporte público es difícil atraer empresas, estudiantes o visitantes. El debate reciente sobre la reducción de servicios ferroviarios en la provincia ha mostrado hasta qué punto las comunicaciones siguen siendo un asunto decisivo.

Reforzar la vida social y humana de los pueblos. No basta con que haya trabajo; la gente necesita escuelas, centros de salud, actividades culturales, asociaciones, fiestas y espacios de convivencia. Muchos pueblos zamoranos conservan una gran riqueza humana: solidaridad, cercanía, memoria y sentido de comunidad

Recuperar la confianza y el orgullo de pertenecer a Zamora, dando a conocer al mundo sus valores.

            El Día de la Comunidad también debería servir para recordar que Zamora no es una tierra condenada al abandono. Tiene historia, identidad y capacidad para reinventarse. La memoria de los comuneros simboliza la defensa de la dignidad, de la participación y de la tierra propia. Hoy esa defensa pasa por creer que los pueblos zamoranos tienen un merecido porvenir.

Conviene subrayar la necesidad de una mirada ética y política. La revitalización de la España rural no puede recaer únicamente en la voluntad individual; requiere políticas públicas que garanticen servicios básicos, infraestructuras, acceso a la sanidad y la educación. Se trata, en definitiva, de reconocer que la dignidad humana no depende del lugar donde se viva.

Y en esta misma jornada, la palabra adquiere un protagonismo especial con la celebración del Día del Libro. Los libros, guardianes de la memoria y semillas del pensamiento, nos permiten comprender mejor nuestro pasado y construir un porvenir más consciente y libre.

Así, entre historia y literatura, entre memoria y creación, el 23 de abril se alza como una fecha doblemente significativa: un homenaje a quienes lucharon por sus ideales y una invitación a seguir creciendo a través de la lectura. Porque en las páginas de un libro y en el recuerdo de los comuneros late, con fuerza, el espíritu de un pueblo que no olvida.

 

   



jueves, 26 de marzo de 2026

FELIZ SEMANA SANTA : VILLARRÍN 2026

 

FELIZ SEMANA SANTA :VILLARRÍN DE CAMPOS (2026)

La semana santa nos convoca a reunirnos en este rincón entrañable de Villarrín de Campos, donde la historia se respira en cada piedra y la fe se transmite de generación en generación, para vivir uno de esos momentos que no solo se celebran, sino que se sienten profundamente.

No es este un acto cualquiera. Es un instante en el que el tiempo parece detenerse para recordarnos quiénes somos, de dónde venimos y qué valores sostienen nuestra comunidad. Las imágenes que representan la pasión son símbolos de fe,  constituyen una tradición marcada por la esperanza. Un pueblo no se define solo por sus calles o sus casas, sino por aquello que comparte y venera, por aquello que le da sentido.

No es solo una imagen la que recorre nuestras calles. Es la historia viva de nuestro pueblo, es el reflejo de tantas generaciones que la han acompañado con respeto y devoción. Es el latido compartido de una comunidad que, unida, se reconoce en sus tradiciones.

A su paso, el tiempo se vuelve distinto. Las conversaciones se apagan, los pasos se acompasan, y el corazón encuentra un ritmo más hondo. Hay algo en este instante que nos invita a detenernos, a mirar hacia dentro, a recordar lo que verdaderamente importa

 Me detengo para recordar a los penitentes de la Cofradía de la Vera Cruz . Les observo caminar en la procesión de “La Carrera”, en silencio como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. No buscan ser vistos, ni reconocidos; al contrario, se ocultan bajo el hábito, bajo la caperuza, para dejar que sea el gesto —y no el rostro— quien hable por ellos. Al verlos pasar, uno tiene la sensación de que no recorren solo las calles, sino también un camino interior. Son figuras que, en su austeridad, transmiten una intensidad difícil de explicar: la de quien se expone sin mostrarse, la de quien habla sin palabras, la de quien reza con el cuerpo entero

Avanzan descalzos. Y en ese contacto directo con la tierra hay algo más que una tradición: hay una entrega. La piedra fría, el polvo del camino, las pequeñas asperezas del suelo se convierten en lenguaje íntimo, en una forma de oración que no necesita palabras. Cada paso es consciente, medido, casi recogido, como si quisieran no perturbar el silencio que los envuelve.

El hábito, generalmente sobrio, cae recto, sin adornos innecesarios, marcando la igualdad de todos ante lo sagrado. Bajo él desaparecen las diferencias: no hay nombres, ni historias visibles, solo una misma intención compartida. La caperuza, al ocultar el rostro, convierte al penitente en símbolo, en presencia anónima que camina entre lo humano y lo espiritual.

No hablan. El silencio no es ausencia, sino plenitud. Solo se escucha el leve roce de las telas, el susurro de los pasos sobre el suelo, el sonido de las estrofas penitenciales del pueblo que sigue recordando el episodio redentor del Crucificado.

En ese instante surgen pensamientos que no aparecen en la vida cotidiana: recuerdos, culpas, agradecimientos, plegarias sin palabras. Es un diálogo interior, sincero, casi desnudo, donde cada uno se encuentra consigo mismo.

Al verlos pasar, uno tiene la sensación de que no recorren solo las calles, sino también un camino interior. Son figuras que, en su austeridad, transmiten una intensidad difícil de explicar: la de quien se expone sin mostrarse, la de quien habla sin palabras, la de quien reza con el cuerpo entero.

Felicidades a cuantos hacen posible que nuestras tradiciones sigan vivas: a quienes organizan, a quienes participan, y a quienes, con su presencia, dan sentido a este encuentro, que queda grabado en nuestra memoria ,como un símbolo de unión, de fe y de identidad compartida.